
¿Qué pasa con la Planta de CIVAC?, Aparecen Posibles Compradores
Nissan cierra su ejercicio fiscal con un pronóstico sombrío: 650.000 millones de yenes (4.200 millones de dólares) en números rojos. La cifra, revelada este jueves, no es solo un dato contable. Es el síntoma más evidente de una enfermedad que viene incubándose desde hace años en el tercer fabricante japonés.
Las pérdidas trimestrales, aunque menos graves de lo previsto por el mercado (28.300 millones de yenes), no logran disimular la gravedad del momento. La compañía que Carlos Ghosn sacó de la UCI a principios de siglo vuelve a estar en terapia intensiva, pero esta vez el contexto es muy distinto.
El fantasma de Ghosn y el espejismo Honda
Para entender el presente de Nissan hay que remontarse a 2018. La caída en desgracia de su entonces presidente, Carlos Ghosn —arrestado en Tokio y luego fugado en un arriesgado operativo escondido en una caja de audio—, no fue un mero escándalo corporativo. Fue el inicio de una desestabilización interna que dejó a la alianza con Renault en estado vegetativo y a Nissan navegando sin timón.
Desde entonces, la compañía ha intentado reencontrarse a sí misma sin éxito. El año pasado, las conversaciones con Honda para una fusión que muchos veían como tabla de salvación naufragaron cuando la firma del Clarity propuso convertir a Nissan en subsidiaria. Demasiado para el orgullo de una marca que alguna vez lideró la revolución eléctrica con el Leaf.
El factor Trump y la tormenta arancelaria
Pero si el frente interno es complejo, el externo roza lo hostil. Los aranceles del 25% impuestos por la administración Trump a los vehículos fabricados en México han sido un mazazo para toda la industria, pero especialmente para los japoneses. Antes del ajuste de septiembre, los autos nipones pagaban un arancel del 27,5%, una losa competitiva imposible de sortear.
El resultado es elocuente: las exportaciones de vehículos mexicanos a Estados Unidos cayeron casi un 3% en 2025, y el empleo en el sector perdió 60.000 plazas el año pasado. “Hoy es más barato enviar autos desde Europa o Asia a Estados Unidos que desde México”, resume Rogelio Garza, presidente de la Asociación Mexicana de la Industria Automotriz.
Aguascalientes, el tablero donde se juega el futuro
En este contexto de tormenta perfecta, la planta que Nissan comparte con Mercedes-Benz en Aguascalientes se ha convertido en un activo envenenado. La instalación, capaz de producir 230.000 vehículos al año, cerrará sus puertas. Mercedes ya ha decidido trasladar su producción del modelo GLB a Hungría —desde donde podrá exportar a Estados Unidos con aranceles más bajos—, mientras Nissan entierra los modelos Infiniti QX50 y QX55 que allí se fabricaban.
Y ahí es donde el tablero geopolítico se vuelve fascinante. Nueve empresas han mostrado interés en adquirir la planta. Entre los finalistas aparecen dos gigantes chinos: BYD y Geely, acompañados del vietnamita VinFast.
La presencia china no es casual. Pekín busca desesperadamente una puerta de entrada a Norteamérica que eludía los aranceles. Pero Washington ya ha lanzado advertencias explícitas sobre México como posible “puerta trasera” para productos chinos. La Casa Blanca lo formula en términos de “sobrecapacidad subsidiada” que inunda mercados
El dilema mexicano
Para México, la situación es un callejón con dos salidas igualmente incómodas. Por un lado, la inversión china traería empleos —algo urgente tras los despidos en General Motors en Ramos Arizpe— y reactivaría una planta estratégica. Por otro, irritar a Washington en plena renegociación del T-MEC puede salir caro.
La respuesta oficial ha sido la del péndulo: primero, aranceles del 50% a autos chinos para contentar a Trump; luego, conversaciones discretas con gobiernos estatales para que retrasen inversiones chinas hasta después de la revisión del tratado comercial. Un malabarismo que refleja la incomodidad de un país atrapado entre su principal socio comercial y su nuevo socio industrial.
Mientras tanto, Trump declara en una planta de Ford que “no necesitamos autos hechos en México”. La frase podría leerse como retórica de campaña si no fuera porque los datos muestran 17.000 empleos automotrices perdidos en Estados Unidos desde enero de 2025.
Lo que viene
Nissan cierra el año con pérdidas millonarias, una planta que regalar y una estructura industrial que necesita repensarse de arriba abajo. Pero su drama individual es solo una pieza de un rompecabezas mayor donde los aranceles reconfiguran cadenas de valor, China busca espacio en el patio trasero americano y México intenta no quedar atrapado en el fuego cruzado.
La decisión sobre quién se queda con la planta de Aguascalientes —BYD, Geely, VinFast o alguien más— no definirá solo el futuro de una fábrica. Definirá, en buena medida, cómo será la nueva geografía automotriz de Norteamérica







