En 2024, México se consolidó como el segundo mayor comprador de motocicletas chinas en el mundo, con importaciones que alcanzaron los 1,307 millones de dólares, un salto del 45.7% respecto al año anterior. Solo Estados Unidos superó ese volumen. Pero más allá de los números, este fenómeno revela una transformación profunda en la movilidad urbana y laboral del país.
Las motocicletas se han convertido en una herramienta esencial para millones de mexicanos, especialmente en sectores como el delivery, logística de última milla y transporte informal. Basta con mirar las calles de cualquier ciudad para notar el auge de repartidores sobre dos ruedas. Este cambio no solo responde a la necesidad de eficiencia, sino también a factores como el bajo costo de adquisición, ahorro en gasolina y facilidad de financiamiento.
Además, México importó 718 millones de dólares en autopartes para motos, de las cuales el 78% provino de China, consolidando una dependencia estructural con el gigante asiático. Marcas como Italika y Vento han capitalizado esta tendencia, ensamblando localmente con componentes chinos y dominando más del 70% del mercado nacional.
Pero no todo es color de rosa. Expertos advierten sobre retos regulatorios: licencias poco exigentes, escasa vigilancia del uso de casco, infraestructura vial limitada y falta de normativas técnicas para refacciones. La experiencia de ciudades como São Paulo muestra que una expansión sin control puede derivar en más accidentes, saturación hospitalaria y precarización laboral.
En paralelo, marcas chinas como Kove, Yadea, QJ Motor y Benda están entrando agresivamente al mercado mexicano, ofreciendo modelos eléctricos, scooters y motocicletas de combustión con tecnología innovadora. El Salón Internacional de la Motocicleta México (SIMM) proyecta que hasta 16 nuevas firmas asiáticas podrían establecerse en el país en 2025.







