En un entorno global donde la cadena de suministro es el nervio central del comercio, importar o exportar productos en México se ha convertido en una odisea llena de trampas regulatorias, clasificaciones erróneas y costos ocultos. En una entrevista exclusiva, Adrián López, responsable de comercio exterior con amplia experiencia en el sector, desglosa los desafíos prácticos y los “datos duros” que enfrentan las empresas, más allá de la teoría.
Conocer el producto: la primera línea de defensa
López es categórico: el error más común y costoso es no investigar las restricciones y aranceles del producto antes de que el embarque esté en camino. “Aunque lo compramos y sabemos que vamos a traer cierto producto, no buscamos cuáles son los restricciones… lo vamos viendo hasta que ya está por llegar a la aduana”, advierte. Su recomendación es clara: desde la orden de compra, se debe consultar el Sistema de Información de Comercio Exterior (SICEX) para identificar la fracción arancelaria correcta y los permisos necesarios (Normas Oficiales Mexicanas, permisos de Secretaría de Economía).
El agente aduanal: un socio, no un oráculo
Uno de los puntos más críticos que destaca López es la relación con el agente aduanal. Relata una anécdota reveladora: por años importó amortiguadores clasificados por su agente como “partes de frenos”, lo que generaba un pago del Impuesto General de Importación (IGI). Al investigar, descubrió que la clasificación correcta era “parte de la suspensión”, con arancel del 0%. “Bajé mucho el costo de importación”, afirma. Un caso similar ocurrió con parches adhesivos para mochilas, que el agente quiso clasificar como “tarjetas de crédito sin chip”, una categoría con mayor regulación.
“No dejar que el agente aduanal siempre decida cuál es la fracción… ellos son mucho de decir ‘es que el producto parece que es X cosa’. Y en realidad, las fracciones se emiten por composición, para qué sirve”, explica López. Su consejo es trabajar en conjunto: el agente propone la clasificación con base en la información proporcionada, pero el importador, como experto en su producto, debe verificar y cuestionar.
La tormenta perfecta: logística, normas y burocracia
El recorrido de un producto desde Asia hasta el consumidor final en México es un calvario con múltiples frentes:
- Logística incierta: Negociaciones con navieras y retrasos frecuentes.
- El cuello de botella: Los puertos como Manzanillo, donde “cada vez es un caos mayor, entre que no hay citas, entre que las terminales se tardan demasiado”.
- Cambios regulatorios abruptos: López señala que desde que la administración de la aduana pasó a la Marina, el escenario se ha vuelto “muchísimo más complejo”, con medidas extremas y suspensión de patentes a agentes.
- La Norma Oficial Mexicana 050: Es fundamental para el etiquetado (importador, origen, instrucciones). Su incumplimiento puede detener una mercancía. La responsabilidad cambia si el producto es para reventa a un comercializador o para venta directa al público.
El caso de la “cuenta donera”: un impuesto invisible
López ejemplifica la complejidad regulatoria con un producto que importa: mancuernas de caucho. Recientemente, la autoridad cambió su fracción y las sometió a “precios estimados”. Esto significa que, si el precio declarado por kilo está por debajo de un valor de referencia oficial, el importador debe pagar impuestos sobre la diferencia, aun si su factura es menor.
Para ello, necesita abrir una “cuenta donera” o fideicomiso en un banco, depositar la diferencia de impuestos y, posteriormente, demostrar con factura y transferencia SWIFT el precio real para que el SAT le reintegre el dinero con un rendimiento. “Es algo que realmente no sabían muchas personas… tienes que desembolsar ese dinero”, advierte López, destacando la falta de información incluso entre los bancos sobre este mecanismo.
La nueva bomba: la “manifestación de valor”
Para 2024, López alerta sobre un cambio radical que incrementará la carga y responsabilidad del importador: la manifestación de valor será responsabilidad 100% del importador, no del agente. Deberá ser llenada directamente por el importador en la plataforma BUSEM. “Para mí es algo que sí me genera mucho dolor de cabeza… Imagínate, hay importadores que traen 100 contenedores a la semana, 100 manifestaciones de valor”, comenta. Lo vincula a una clara intención de la autoridad: “recaudar mucho más dinero“.
¿Digitalización? Un camino lento e inconexo
Sobre la modernización de las aduanas, López es escéptico. Aunque reconoce avances en trámites en línea, señala que el proceso sigue siendo un rompecabezas de portales desconectados (BUSEM, otros sistemas gubernamentales). “Creo que hemos digitalizado muchos procesos, pero… hay muchísimo más camino por hacer”. Sugiere que herramientas como la inteligencia artificial podrían optimizar la clasificación arancelaria, reduciendo tiempos de reacción que actualmente pueden tardar días.
Conclusión: Un llamado a la preparación y la verificación
El mensaje final de Adrián López es de alerta y autonomía. Ante un 2024 donde anticipa más cambios y mayor fiscalización, su recomendación es triple:
- Convertirse en experto del propio producto y su regulación.
- Verificar siempre la clasificación arancelaria, incluso la provista por el agente.
- Anticiparse a los cambios regulatorios, especialmente a la implementación de la manifestación de valor y estar atento a las modificaciones de inicio de año.
La entrevista deja en claro que en el comercio exterior mexicano la improvisación tiene un costo tangible, y que la llave para navegar este laberinto no es la promoción, sino la preparación meticulosa y la validación constante de cada paso del proceso.







