En un momento en que la inteligencia artificial acelera procesos y la presión por resultados inmediatos domina la industria, Santiago Barcón, ingeniero con cuatro décadas de experiencia y autor del libro “Cómo ser un buen ingeniero. 10 mandamientos y 100 consejos para lograrlo”, lanza una advertencia que resuena como un diagnóstico: “El principal problema es que si no lo has hecho antes, no sabes si está bien”, dice en referencia al abuso del ChatGPT y otras herramientas. “Si crees que es infalible como la Biblia, grave problema”.
El también Director General de PQ Barcon publicó su obra en julio de 2024, tras años de dar una plática titulada “¿Por qué no ser ingeniero?” a recién egresados. Todo comenzó con un artículo en Energía Hoy donde criticaba una práctica común: “No le pidas descuento a otro ingeniero, pídeselo al abogado, al notario, al doctor. Entre colegas nos pedimos trabajos gratis o con la promesa de una venta futura”. Esa reflexión se convirtió en un libro que hoy circula como un manual práctico, no como una pieza de mercadotecnia empresarial.
El termómetro no es el dinero
Uno de los pasajes más crudos del libro es cuando Barcón revela que, en una empresa que dirigía, ocho ingenieros de su equipo dijeron que no volverían a estudiar ingeniería porque se gana más dinero en otras carreras. La respuesta del autor fue lapidaria: “No tengo ocho colaboradores, tengo ocho retrasados mentales. Si tu objetivo en la vida es hacer dinero, nunca vas a tener suficiente porque alguien va a tener más que tú”.
Para Barcón, el verdadero termómetro del éxito profesional está en el sexto mandamiento: “Hay que regresar a la sociedad más de lo que recibiste”. Y no es una frase retórica. Recuerda que Carlos Slim era en ese entonces el hombre más rico del mundo, y aún así, “el dinero se va. Si tu preocupación es el dinero, no vas a hacer nada por la sociedad”.
Ética ante la presión comercial: “Oponerse o renunciar”
El noveno mandamiento aborda un punto doloroso para muchos ingenieros: la presión de jefes o áreas comerciales para maquillar cifras, omitir seguridad o saltarse normas. Barcón es contundente: “Lo que no puedes es empezar a ceder. Pones en riesgo la seguridad. Ve lo que pasó en Suiza en fin de año: una instalación eléctrica sin supervisión durante cinco años. En todos lados se cuecen habas”.
Relata una anécdota en Vitroembases, cuando un comprador quiso instalar un aire acondicionado de ventana en lugar de uno de paquete con filtros, para ahorrar dinero. “Le dije: instálenlo, pero voy a necesitar su teléfono y dirección, porque cuando la máquina falle a las 2 de la mañana, vamos a venir juntos. La decisión es suya, no mía”. El mensaje es claro: el ingeniero debe llevar al conflicto cuando la seguridad o la calidad están en juego. “Si no, renuncias”.
El caso Boeing y la guerra entre ingenieros y financieros
Barcón pone un ejemplo global para explicar por qué México y el mundo necesitan más ingenieros en la alta dirección. “Boeing era el epítome de la ingeniería, todos eran ingenieros. Llegaron los accionistas y pusieron financieros para maximizar utilidades. Descuidaron seguridad, capacitación e investigación. Hasta que se les salió una puerta en pleno vuelo de Alaska Airlines”. El cliente más grande de Boeing, Emirates, tuvo que enviar una carta al consejo: si no ponen un ingeniero, compran más Airbus en Toulouse.
En el caso mexicano, el autor celebra que en esta administración “estamos empezando a tener gente más cercana al sector: el ingeniero Emilia en CFE, Víctor en Pemex. Gente que sí tiene experiencia, no improvisados”.
Mujeres en ingeniería: el problema no es el grado, es la continuidad
Aunque en carreras como química o ingeniería ambiental ya las mujeres son mayoría al graduarse, Barcón advierte que el reto está después. “No es cuántos se gradúan, sino cuántos continúan ejerciendo. La labor no es solo que estudien más, sino que anden más en el campo”. El autor ha trabajado con asociaciones STEM y reconoce que aún persisten sesgos culturales: “De chico, a los hombres los empujan más a los coches, a las mujeres no. Pero el coche es solo un medio de transporte”.
“No te quites la cachucha de ingeniero”
El libro rescata la tragedia del transbordador Challenger como lección indeleble. El ingeniero en jefe dijo dos veces “no estamos seguros” antes del despegue. Su jefe le ordenó: “Quítate la cachucha de ingeniero y ponte la de gerente”. Autorizó el vuelo, y ocurrió la catástrofe. Barcón lo sintetiza: “Con ese tipo de cosas no se juega”.
Por eso insiste en que asumir un puesto gerencial no implica abandonar la formación técnica. “Si te alejas es porque quieres, no porque te obliguen. Hay revistas, asociaciones, exposiciones. El IEEE tiene medio millón de miembros, y muchos son empresarios”.
Frases que duelen y deciden
El libro incluye citas de personalidades como Vargas Llosa: “Quien renuncia a su vocación por razones prácticas comete una gran idiotez”. Barcón lo traduce: “Tienes que seguir tus sueños. Cuando una mamá me dice que su hijo se va a morir de hambre por estudiar ingeniería biomédica, le pregunto: ¿usted qué quiere que estudie? Derecho. Le digo: va a ser un mal abogado, infeliz, y acabará de chofer de Uber”.
Otra frase, de Napoleón, cierra el mensaje directivo: “Nada es más difícil y valioso que ser capaz de decidir”. Para el autor, “la peor decisión es la que no tomas. Puedes estar equivocado, pero decide. Si no, la bola de nieve crece y ya no metes las manos”.
Más cerebro, menos GPT
Barcón no demoniza la tecnología, pero sí el abuso. “La inteligencia artificial es una herramienta más. Pero si no sabes hacer una raíz cuadrada, cómo vas a saber si ChatGPT te da 3.33 cuando pediste la raíz de 100”. Con una anécdota sobre un columnista de Reforma que defendía las calculadoras en primaria, sentencia: “Necesitas tener la noción para saber si el número hace sentido o no. Eso aplica a todo”.
El libro está disponible en librerías desde julio de 2024 y se ha presentado en ferias como la FIL de Guadalajara, que Barcón equipara a una peregrinación a la Meca para los mexicanos: “Deberíamos tener obligación de ir”.







